martes, 3 de enero de 2017
Víctimas de sacrificio en el recinto sagrado de Tenochtitlan
Ximena Chávez Balderas, Raúl Barrera Rodríguez y María García Velasco
Uno de los cuestionamientos más frecuentes al hablar sobre el tema del sacrificio humano en Tenochtitlan es la cantidad de víctimas que eran inmoladas en las ceremonias del recinto sagrado. Si bien es claro que muchos de los rituales donde se privaba de la vida a cautivos y esclavos se llevaban a cabo en el Templo Mayor, éste no era el lugar donde se solían enterrar sus restos mortales. Por el contrario, en este edificio se inhumaban principalmente cabezas cercenadas como parte de ceremonias de consagración e inauguración. Además, algunos cráneos fueron reutilizados para manufacturar efigies de deidades que se colocaban en las ofrendas. Producto de las excavaciones en este templo se han contabilizado un total de 153 individuos que muestran evidencia de haber sido inmolados o con huellas correspondientes a tratamientos post-sacrificiales.
Gracias a los trabajos de excavación del Proyecto Templo Mayor y del Programa de Arqueología Urbana tanto en la Plaza Oeste como en otros edificios del recinto sagrado, es posible conocer más sobre el sacrificio humano. En efecto, la mayor evidencia de esta práctica se encuentra al pie del Templo Mayor y hacia el poniente, asociada a la plaza, el Cuauhxicalco, el Calmécac, el Juego de Pelota y, por supuesto, el Tzompantli. La estrecha colaboración entre ambos proyectos ha permitido estandarizar algunas metodologías de excavación y registro. Así, se cuenta con un plan para calcular el número mínimo de individuos a partir del registro de puntos anatómicos en restos fragmentarios y tomando en cuenta las relaciones estratigráficas de los contextos estudiados.
Esta tarea conjunta ha permitido contabilizar hasta el momento 519 individuos, recuperados en las ofrendas y los rellenos constructivos de esta extensa área del recinto sagrado, incluyendo el Templo Mayor. Éstos habrían sido inhumados en un lapso de aproximadamente 80 años, correspondientes a la historia expansionista mexica. Aunque faltan varios contextos por cuantificar, esto nos permite confirmar que si bien el sacrificio humano existió, las cifras de decenas de miles de víctimas anuales que mencionan algunos de los cronistas que siguen la tradición de la Crónica X están lejos de ser veraces. Futuras excavaciones, como las que se llevan en el huei tzompantli tenochca, traerán importantes datos sobre esta práctica ritual.
Noticia publicada en Arqueología Mexicana núm. 143, p. 8.
El toloache o yerba del diablo
Los indios del Norte de México y el sur de Estados Unidos utilizaron la datura o toloache como medicina y medio para diagnosticar enfermedades y tener visiones, como amuleto para ganar apuestas, como auxiliar en la cacería y en las ceremonias iniciáticas de los jóvenes de ambos sexos. El uso generalizado del toloache como planta ritual se observa en casi todos los grupos étnicos del Norte de México y en tribus del sur de California: cahuillas, cupeños, paipai y kumiai.
Para los seris, la datura se cuenta entre las primeras plantas creadas; es sobrenatural y posee un espíritu invisible, como las otras plantas primigenias. Se utiliza para manipular el clima, hacer limpias y fetiches o curar algunas dolencias. Los chamanes oh’dam (pimas) de Sonora y Arizona usan el toloache para tener visiones y ayudar a los cazadores a encontrar su presa.
Los huicholes cuentan que kieri, el toloache, es el contrario de jíkuri, el peyote; en una lucha mitológica, el peyote lo vence. Si bien el kieri se usa menos que el jíkuri, siempre ha sido poderoso aliado de músicos y de algunos mara'kames; casi siempre el consumo del peyote y la datura son excluyentes.
Los tepehuanos consideran al toloache como el esposo de la mujer maíz y yerno del Sol. Tuvo dos amantes y se le castigó haciéndole bajar la cabeza y ordenándole cumplir los deseos y caprichos de quienes solicitaran sus servicios; el toloache es una de las plantas más utilizadas en los amuletos para enamorar. El uso anterior le acerca al más conocido de esta planta hoy en día en otras regiones de México, donde se les da a hurtadillas a las víctimas, que se enamoran, enloquecen y atontan.
Ceremonia de iniciación.
Las muchachas púberes eran iniciadas en una ceremonia pública bastante parecida entre los grupos de una amplia región californiana, donde se les enseñaba cómo cumplir con el rol tradicional de madres y mujeres que les correspondía, y se hacía un ritual donde se les "asaba" en un horno. Se les presentaba entonces la mitología de su gente a través de representaciones pintadas en arena; éstas se reproducían en sus caras y también se ven en pictografías de La Rumorosa y Anza Borrego Park, a ambos lados de la frontera norte. Delfina Cuero, india cahuilla nacida hacia 1860, narra en su Autobiografía:
La abuela me había contado lo que hacían a las mujeres cuando estaban por convertirse en mujeres ... me contó que cavaban un agujero y lo llenaban de arena caliente, allí metían a la muchacha.
Nadie podía hablar de estas cosas, se narraba en las canciones y en los mitos que sólo se decían en la ceremonia ... se aprendía cómo ser buena esposa, cómo tener hijos, cómo criarlos .. .
La ceremonia se hacía en un sitio especial, que se purificaba antes con tabaco sagrado. Se les pintaba la cara y se les cubría la cabeza con un canasto, para hacerlas buenas tejedoras de cestas.
Delfina fue “asada” durante cuatro días y tres noches y aprendió los cantos. Dos piedras calientes le fueron colocadas en el vientre y entre las piernas, para prevenir los cólicos menstruales y facilitar sus futuros partos. En un círculo hecho de piedras que representaban a la Osa Mayor, le contaron los mitos del espíritu de las montañas y los primeros animales creadores. Tras la velación, solía hacerse una carrera: "Mujeres y niñas terminan la ceremonia con una carrera. Llegan hasta la cumbre de un cerro y allí, la mujer del jefe les pinta la cara con diseños en rojo, blanco y negro y con la misma pintura decora las piedras".
Los muchachos eran iniciados entre los nueve y los catorce años, en una ceremonia pública semejante a la de las jóvenes; además, tenían ceremonias nocturnas: allí tomaban un té hecho de semillas secas de datura, molidas en un mortero usado solamente para este fin. Se les llevaba a un cañón apartado donde se les enseñaban entonces sus obligaciones como hombres, jefes y proveedores: allí aprendían los cantos, historia y mitología de los antiguos. Apartados e intoxicados, las visiones que tendrían determinaban el destino y papel que cumplirían entre su gente. Los chamanes recibían en ese momento su llamado y eran los únicos que volvían a tomar el té. La ceremonia recibió el nombre de manet, “hacer hablar al pasto” en kumiai. Inconscientes y desnudos tenían visiones de su espíritu tutelar y otros seres de su mitología. Tras su muerte ritual, rodaban encima de hormigueros para adquirir tenacidad, resistencia y poder sobre los enemigos. Seguía el ritual de pintar rocas, que se asociaba siempre a estas visiones, y los elegidos entre ellos eran llevados a las rocas observatorio, donde más tarde se retirarían para poder llevar la cuenta del tiempo y poder predecir el clima. Por último, se terminaba con la ceremonia del fuego. La yerba del diablo, como la llamaban los españoles, les daba una tolerancia que les permitía acercarse a las hogueras, brincar sobre la lumbre o caminar sobre las brasas, haciéndolos aliados del fuego.
Elisa Ramírez
La muerte de Cuauhtémoc: ¿conspiración o pretexto?
Eduardo Matos Moctezuma
¿Hubo realmente una conspiración indígena para matar a los españoles o fue un pretexto para deshacerse de los dirigentes mexicas? Para tratar de dilucidar el asunto veremos tanto la versión española (Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo) como la indígena (Chimalpahin y Fernando Alvarado Tezozómoc).
“¡Oh, Malinche, días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras, porque me matas sin justicia! Dios te las demande, pues yo no me la di cuando a ti me entregué en mi ciudad de México” (Díaz del Castillo, 1953, p. 247). Estas palabras de Cuauhtémoc poco antes de ser ahorcado por órdenes de Hernán Cortés llaman a una reflexión profunda. Por un lado, el joven tlatoani tenía algunas evidencias de que el capitán español quería deshacerse de él y así lo manifiesta, y por otro lado le hace ver que su muerte no es justa. Las palabras de otro español, testigo de aquellos acontecimientos, no deja duda en cuanto a la ligereza y premura con que actuó Cortés. Me refiero a Bernal Díaz del Castillo, quien acompañaba a éste en su viaje a Las Hibueras. Dice así Bernal Díaz: “Sin haber más probanzas, Cortés mandó ahorcar a Guatemuz y al señor de Tacuba, que era su primo” (Díaz del Castillo, 1953, p. 247).
¿Hubo realmente una conspiración indígena para matar a los españoles o fue un pretexto para deshacerse de los dirigentes mexicas? Para tratar de dilucidar el asunto veremos tanto la versión española como la indígena. Empezaré con los dos personajes que fueron testigos presenciales de los hechos y nos dejaron relato de los mismos: Hernán Cortés en su última carta de relación al rey de España y Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.
Los relatos de los españoles
Lo primero que llama mi atención son las razones que llevaron a don Hernán a llevarse a los gobernantes mexicas en su viaje a Las Hibueras. Lo anterior puede explicarse si pensamos que esto ocurrió por el temor que tuvo Cortés de que si los dejaba en Tenochtitlan podría darse algún alzamiento en contra de los españoles. Por lo tanto, no es descabellado pensar que una vez lejos de su tierra, lo mejor fuera quitarles la vida para de esta manera desalentar un posible levantamiento. Lo anterior implicaría que todo estaba urdido antes de emprender el viaje. Quizá de ahí las palabras de Cuauhtémoc: “días hacía que yo tenía entendido que esta muerte me habías de dar y había conocido tus falsas palabras”.
Matos Moctezuma, Eduardo, “La muerte de Cuauhtémoc: ¿conspiración o pretexto?”, Arqueología Mexicana núm. 111, pp. 37-41.
• Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.
Las tradiciones metalúrgicas en las ofrendas del Cenote Sagrado de Chichén Itzá
Edith Ortiz Díaz, Bryan Cockrell, José Luis Ruvalcaba Sil
Los objetos de metal que se han encontrado en el cenote de Chichén Itzá han llamado la atención de los investigadores en diferentes momentos del siglo pasado y lo que va de éste. Los resultados que se presentan en este artículo son el producto del análisis de 148 piezas ubicadas en los tres acervos que resguardan estos magníficos materiales.
Entre 1904 y 1911 Edward Thompson realizó una serie de exploraciones en el Cenote Sagrado de Chichén Itzá, Yucatán; empleó una draga y contrató a varios buzos para recuperar los materiales depositados en el cenote. Varias décadas después, en las temporada de campo 1960-1961 y 1967-1968, Román Piña Chán también se valió de buzos y de un tubo de aire a presión para recuperar distintos materiales ofrendados al cenote. Desafortunadamente la técnicas usadas en ambos proyectos no permitieron preservar la estratigrafía de los materiales, la cual de por sí era ya bastante complicada desde comienzos del siglo XX debido a la constante caída de materia orgánica al interior del cenote. A pesar de este hecho, debe destacarse la gran variedad de materiales ofrendados que se han localizado, entre ellos: objetos de piedra verde, cerámica, turquesa, copal y madera. Además, durante los diferentes trabajos de exploración se halló una gran variedad de piezas de metal.
Los objetos de metal rescatados en el proyecto de Thompson se enviaron al Museo Peabody de Arqueología y Etnología de la Universidad de Harvard. En 1959, 92 objetos fueron reenviados a México y se encuentran resguardados actualmente en el Museo Nacional de Antropología. Los objetos encontrados por Piña Chán se enviaron al Museo Palacio Cantón en Mérida. De este modo, entre los tres museos hay un total de 494 objetos de metal.
El análisis de los objetos de metal
Los distintos objetos de metal que se han encontrado en el cenote de Chichen Itzá han llamado la atención de los investigadores en diferentes momentos del siglo pasado y lo que va de éste. Estos estudios se han enfocado primordialmente en la composición de las piezas y el análisis se ha restringido a trabajar con las piezas de un solo museo. Los resultados que se presentan en este artículo son el producto del análisis de 148 piezas ubicadas en los tres acervos que resguardan estos magníficos materiales. La prioridad del análisis fue trabajar con métodos no invasivos o destructivos que nos dieran con mayor detalle la composición de los objetos, así como reconocer y entender las distintas técnicas de su fabricación y relacionarlas con diferentes áreas productoras tanto de Mesoamérica como del área del sur de Centroamérica y el norte de Sudamérica. Queda claro que los objetos de metal hallados en el cenote fueron manufacturados en sitios fuera de la península de Yucatán, puesto que ésta carece de fuentes metalíferas.
El estudio de los objetos de metal
Se hizo una ficha para cada pieza, tomando en cuenta su contexto y tratamientos posteriores a su hallazgo. Asimismo se consignó cuál era el estilo tecnológico que se le había designado previamente a este estudio. El protocolo de trabajo incluyó análisis de cada pieza con luz visible, luz ultavioleta –para determinar residuos orgánicos producto de los procesos de restauración o de exhibición– y luz infraroja, la cual nos permitió observar las impresiones de las herramientas usadas en la fabricación. Posteriormente se analizaron bajo el microscopio óptico. El siguiente paso consistió en realizar un análisis de fluorescencia de rayos-x (XRF), para determinar la composición general de la pieza. Para precisar los datos obtenidos por medio de XRF, se realizaron dos análisis más: difracción de rayos-x (XRD), y espectrometría de retrodispersión Rutherford (RBS), los que permitieron identificar la composición de los objetos tanto en su núcleo como en su superficie. A la par del trabajo analítico, se revisaron los documentos disponibles en los archivos de los museos sobre las colecciones del cenote. La idea era ver si se podían obtener datos sobre la excavación y su asociación con otras piezas, además de ver si éstas habían sido sometidas a algún proceso de restauración que pudiera haber afectado la superficie o incluso el núcleo de la propia pieza, ya que algunos procesos de limpieza utilizados en el pasado podían ser sumamente agresivos y haber dañado los objetos.
Como se mencionó anteriormente, tuvimos la oportunidad de trabajar con 148 piezas de tres acervos distintos. A continuación presentamos una síntesis del resultado del estudio con algunas de las piezas más representativas.
Cascabeles. Éstos ofrecen una buena oportunidad para estudiar el desarrollo tecnológico estilístico a lo largo del tiempo. De los 38 cascabeles analizados, 19 son de cobre o con aleaciones de cobre –es decir, con arsénico, estaño o plomo– y los otros 19 de tumbaga: una aleación de cobre, oro y plata. Todos se fabricaron a la cera perdida. Cinco tienen falsa filigrana, diseñada en la cera y después remplazada con el metal. Ocho tienen una abolladura y 14 parecen haber sido aplastados. Este “defecto” podría ser una alteración secundaria intencional, la cual discutiremos con más detalle al final de este trabajo. Se propone que los cascabeles de tumbaga fueron hechos por grupos de Panamá y Costa Rica, particularmente de la zona de Veraguas (400-900 d.C.), donde se han recuperado algunos cascabeles zoomorfos muy parecidos. Estos cascabeles se agruparon en lo que se llamó “grupo internacional”.
Por otro lado, es probable que los cascabeles de cobre provengan del Occidente de México y correspondan al Periodo II, es decir, 1040-1521 d.C. Asimismo, se considera que la procedencia de otros puede ser la Cuenca de México. Esos cascabeles son parecidos, por su forma y composición, a los del Templo Mayor (1325-1520 d.C.) y a los de Mayapán (1050-1440 d.C.).
Pinzas. Se estudiaron dos pinzas fragmentadas. Estas piezas martilladas estaban sin sus hojas y tienen un diseño de espiral o caracol. Hay que hacer notar que este tipo de decoración se dio principalmente entre los purépechas (1350-1519 d.C.). Sin embargo, la diferencia entre las pinzas purépechas y las que se hallaron en el cenote es que las primeras son de una aleación de cobre con estaño mientras que las segundas son de zinc, con menos estaño o latón. Esta diferencia en la composición hace que las primeras sean menos rojizas que las provenientes del cenote.
Hachas. Se analizaron dos hachas de las conocidas como “hachas tipo moneda”, las cuales son láminas sumamente delgadas, de cobre-arsénico. Tanto en Guerrero como en Michoacán se han encontrado este tipo de hachas. Pertenecen al estilo tipo 1a de Guerrero y Michoacán, fabricadas alrededor del Periodo II (1040-1521 d.C.). Ambas hachas fueron halladas juntas en el cenote, lo que hace suponer que fueron depositadas posiblemente como una sola ofrenda.
Figurillas. Se analizaron doce figurillas antropomorfas, dos zoomorfas y dos de forma indeterminada. Todas las figurillas presentan aros de suspensión. Desde el punto de vista de la tecnología, algunas figurillas fueron vaciadas sin el núcleo de cerámica expuesto mientras que otras sí lo presentan. Dichos núcleos se sacaron después de que se solidificó el metal. Encontramos también algunas partes donde se pusieron unos tapones de madera para estabilizar el núcleo después del vaciado, mientras que en otros casos el núcleo se estabilizó con metal al momento de finalizar la pieza. Al parecer este tipo de técnicas y la iconografía de estas figurillas puede clasificarse dentro del “grupo internacional”, es decir, que fueron realizadas por comunidades del caribe de Costa Rica o por los quimbaya de Colombia.
Sandalias. Al menos dos de las seis sandalias estudiadas fueron doradas por remplazo electroquímico: su base es de cobre y la capa delgada del exterior es de plata y oro. Las sandalias son objetos propios de Mesoamérica y eran parte del tributo que recibían los mexicas según textos coloniales. El proceso de fabricación de las sandalias es similar al utilizado para las láminas de metal. En el cenote se han encontrado también láminas de metal como ofrendas.
Cuentas. Encontramos dos tradiciones metalúrgicas en las cuentas analizadas. Si bien todas las cuentas son de tumbaga, cinco de ellas son parecidas en la técnica de vaciado y en su morfología a las halladas en la tumba 7 de Monte Albán (1350-1521 d.C.). Un segundo grupo de dos cuentas, a diferencia de las del primer grupo, son de forma cilíndrica y se formaron a partir de martillar el metal y formar pequeños tubos. Esta técnica puede observarse gracias a que queda una línea en el borde del tubo y algunas arrugas en la misma cuenta, lo que hace suponer que fue enrollada. Este tipo de cuentas son similares a las halladas en la tumba 74 del sitio de Conte en Panamá (900-950 d.C.), por lo que al menos estas dos cuentas formarían parte del “grupo internacional”.
Edith Ortiz Díaz. Doctora en historia por el Colegio de México. Investigadora del IIA, UNAM. Trabaja temas de arqueología e historia de la Sierra Norte de Oaxaca y la región del Papaloapan. Estudia los procesos de producción de metalurgia prehispánica.
Bryan Cockrell. Doctor en antropología por la Universidad de California, Berkeley. Su principal interés es la aplicación de métodos arqueométricos en objetos de metal prehispánicos para determinar cambios en las técnicas de fabricación.
José Luis Ruvalcaba Sil. Doctor en ciencias, Universidad de Namur, Bélgica. Investigador del Instituto de Física de la UNAM. Ha realizado numerosos estudios arqueométricos en diversos materiales de diferentes periodos. Director del Laboratorio Nacional de Ciencias para la Investigación y la Conservación del Patrimonio Cultural.
Ortiz Díaz, Edith, Bryan Cockrell, y, José Luis Ruvalcaba Sil, “Las tradiciones metalúrgicas en las ofrendas del cenote sagrado de Chichén Itzá”, Arqueología Mexicana núm. 138, pp. 72-74.
La masiva expulsión de españoles de América: la infame historia que escondió la independencia
Los Estados surgidos tras las Guerras de independencia hispanoamericanas del siglo XIX asumieron entre sus primeras decisiones la depuración de la administración y de aquellos individuos que habían ocupado cargos de responsabilidad
343 CompartirCompartido 8.3k veces
Fragmento de la Batalla de Carabobo. Oleo sobre tela
Fragmento de la Batalla de Carabobo. Oleo sobre tela - Palacio Federal Legislativo
CÉSAR CERVERA - C_Cervera_M
21/12/2016 03:42h - Actualizado: 21/12/2016 23:25h.
Guardado en: Historia
La historiografía casi no quiso acordarse de ellos. Tal vez estaba demasiado entretenida con las mentiras de la leyenda negra como para prestar atención al éxodo que protagonizaron miles de españoles expulsados de América conforme se emancipaban territorios españoles en el continente. Fueron los perdedores de una guerra iniciada por los criollos (entre el 10 y el 15% de la población), los acomodados descendientes de españoles –como Simón Bolívar o José de San Martín– que se revolvieron contra la madre patria y se cobraron lo que ellos pensaban la revancha. Los últimos españoles de América sufrieron toda clase de abusos y desprecios.
La población mestiza e indígena luchó en ambos bandos
Lejos de ser una revolución popular y espontánea, los procesos de independencia de principios del siglo XIX corrieron a cargo de criollos dueños de grandes plantaciones e intelectuales enriquecidos, que recibieron el apoyo indirecto de EE.UU e Inglaterra, empezando con el comercio de armas y barcos de guerra a los insurgentes. En tanto, la población mestiza e indígena, la mayoritaria, luchó en ambos bandos. Siendo que al final el dominio económico ejercido por España fue, simplemente, sustituido por el de otras potencias mundiales como Gran Bretaña. Cambio de patrones, pero no de estructura.
Los españoles fuera de la vida civil
Los Estados surgidos tras las Guerras de independencia hispanoamericanas del siglo XIX asumieron entre sus primeras decisiones la depuración de la administración y de aquellos individuos peninsulares que habían ocupado cargos de responsabilidad. Si bien fueron miles los españoles que huyeron debido al propio conflicto, el verdadero acoso comenzó con leyes dirigidas a expulsarlos o evitar que pudieran entorpecer la creación de los nuevos estados.
Como suele ser habitual en estos casos de expulsiones masivas –véase la de los judíos en 1492 o la de los moriscos en el siglo XVI– los que se llevaron la peor parte fueron los ciudadanos con pocos recursos que lo perdieron todo.
Retrato de Simón Bolívar
Retrato de Simón Bolívar
Los miembros de la aristocracia lograron congraciarse con el nuevo régimen o, simplemente, huyeron sobre puentes de plata. Los españoles que cambiaron su nacionalidad lo hicieron por conservar sus vastas propiedades y a cambio de renunciar a sus títulos nobiliarios. El verdadero drama afectó a miles de familias humildes, que abandonaron a contrarreloj los países donde vivían y sus propiedades. En muchos casos la expulsión se realizó a través de precarias embarcaciones, hacinados y obligados por la fuerza. Una vez en puertos de la Península Ibérica tampoco les esperaban vítores precisamente. España vivía uno de sus peores momentos.
En México, el antihispanismo que acompañó a los acontecimiento revolucionarios afectó gravemente a los 15.000 españoles que allí residían. En previsión de un conflicto de puertas para dentro, se le retiraron las armas a todo individuo español y se les expulsó del estado militar. Asimismo, en febrero de 1824, se relegó a los españoles de cualquier cargo público que ocupasen. Se les negaba la posibilidad de retirar capitales, y se les obligaba a abandonar sus lugares de residencia. En este sentido, los líderes más radicales culparon a los españoles de los males del continente y justificaron por ello que ahora se les quitara todo y se les expulsara, por muy ilegal e injusto que fuera esta medida.
Al declararse la independencia, los españoles que quisieran marcharse libremente, incluso con sus caudales, lo pudieron hacer en virtud del artículo 15 de los Tratados de Córdoba. Aquella fue la mejor opción, a tenor de la radicalización que se vivió más adelante y las insistentes vulneraciones del tratado. México promulgó el 10 de mayo de 1827 una ley de empleo por la que ningún español de nacimiento podría ocupar cargo alguno en la administración pública, civil o militar. Los españoles quedaron marginados a nivel social, hasta el punto de que tenían prohibido reunirse o asociarse. Una serie de leyes a nivel local y nacional orquestaron en varias oleadas la salida de los españoles de México, con un plazo de 30 días, y la condición de poder sacar del país únicamente la tercera parte de sus bienes.
La Muerte del Libertador Simón Bolívar
La Muerte del Libertador Simón Bolívar
Calcula el investigador Harold Sims (autor de «La Descolonización de México») que, entre los años 1827 y 1829, fueron expulsados de México en razón de su origen español 7.148 personas. En 1830 quedaban ya menos de 2.000 españoles en esa región. Los principales receptores de este éxodo fueron Estados Unidos, Filipinas, Cuba, Puerto Rico y Europa. No así las islas británicas. Los peninsulares, a pesar de la supuesta amistad con Inglaterra, eran recibidos por las autoridades británicas en el Caribe con desconfianza y controles exhaustivos.
La situación vivida en la Gran Colombia de Simón Bolívar fue todavía más violenta que en México. Sin tiempo que perder, la guerra de Bolívar desembocó en una ley de expulsión de los españoles el 18 de septiembre de 1821. Todos los españoles de origen peninsular que no demostrasen haber formado parte del movimiento independiente serían sacados a la fuerza del país.
El principal lugar al que partieron estos expulsados fueron las islas del Caribe españolas, sobre todo Puerto Rico, donde arribaron 3.555 refugiados.
Los últimos de Callao
En Argentina y Perú también se aplicaron leyes para apartar inmediatamente a los españoles de la administración. Durante el conflicto fueron habituales las penas de confinamiento, «contribuciones especiales» y expropiaciones contra los españoles peninsulares con el fin de recaudar fondos militares. Los abusos fueron frecuentes. En torno a 1.000 personas de la población de españoles peninsulares sufrieron penas de prisión en Argentina debido a la actividad militar en curso.
En torno a 1.000 personas de la población de españoles peninsulares sufrieron penas de prisión en Argentina
En Perú la población española se concentraba principalmente en Lima y, dada la antiguedad de este virreinato, se sentía más protegida que en otros rincones. Su seguridad jurídica, sin embargo, se vino abajo con la llegada de la expedición militar al mando de José de San Martín, quien amparó 4.000 actos de confinamiento en prisiones contra civiles españoles. El acoso contra los españoles se tradujo en un exilio de unos 12.000 españoles en este virreinato.
El epílogo de la guerra tuvo tintes de masacre. Tras la batalla de Ayacucho en 1824, en Lima, cerca de 6.000 civiles españoles se refugiaron en la fortaleza del Callao cuya guarnición resistió hasta el año 1826 al más puro estilo de los Últimos de Filipinas. Aquel lugar fue el último refugio de un territorio que había sido hispánico desde tiempos de Pizarro. La capitulación de la fortaleza terminó con solo 400 soldados supervivientes, de un total de 700 personas vivas.
El juicio inquisitorial del noble texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)
Xavier Noguez
Entre 1536 y 1543, fray Juan de Zumárraga, primer obispo y arzobispo de México, ocupó el cargo de inquisidor apostólico en la Nueva España. De los 21 juicios en contra de indios que atendió durante ese lapso, destaca el seguido a don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539), por ser el único que tuvo una sentencia de muerte en la hoguera.
Entre 1536 y 1543, fray Juan de Zumárraga (¿1469?-1548), primer obispo y arzobispo de la Nueva España, fungió como el primer inquisidor apostólico, con muy amplios poderes. En 1535 Zumárraga había recibido el cargo del arzobispo Alonso Manrique, inquisidor general en Sevilla. Durante el lapso de sus funciones atendió, a veces junto con el oidor de la Audiencia Francisco de Loaysa, cerca de 131 procesos a mujeres y hombres españoles, mestizos e indios. De este número, en 21 expedientes se procesó a 23 indígenas, la mayoría miembros de o asociados a la nobleza (pipiltin). Las principales acusaciones fueron herejía, idolatría, hechicería dogmatizante, encubrimiento de ídolos, poligamia, amancebamiento y superstición. Hubo sonados casos, como el de los sacerdotes (“hechiceros”) Martín Océlotl, Andrés Mixcóatl, su hermano, y Cristóbal Papálotl (1537-1540). El primero, quien residía en Texcoco, fue condenado a la vergüenza pública, a los azotes, a la confiscación de sus bienes y, finalmente, al destierro a España, para ser nuevamente juzgado por las autoridades correspondientes. Otro juicio notable fue el proceso en contra de Miguel Puchtecatlaylotla (Pochtecatlailótlac), vecino de la ciudad de México, por idolatría y herejía (1539-1540) y en el que también estuvo involucrado don Baltazar, cacique de Culhuacan. A Puchtecatlaylotla y otros indígenas se les interrogó sobre el paradero de los bultos de los dioses del Templo Mayor de Tenochtitlan. Estos procesos generaron tres interesantes “pinturas”, como la de las “Joyas de Martín Océlotl” (1537), la descripción gráfica de los tlaquimilollis o bultos sagrados que se guardaban en el Templo Mayor de Tenochtitlan y la curiosa denuncia contra Martín Xuchímitl, natural de Coyoacán, por concubinato. Sin embargo, el juicio más famoso, y que ha sido motivo de recientes estudios desde diversos puntos de vista, fue el de don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli. De trágico destino, don Carlos fue un noble texcocano a quien, de manera excepcional, se le condenó a la incautación de todos sus bienes y a la hoguera, por los cargos de ser hereje y dogmatizador.
Don Carlos
Las noticias sobre la vida de este personaje provienen de muy pocas fuentes. Una en particular, su Proceso inquisitorial… de 1539, nos proporciona una serie de valiosos datos que nos ayudan a reconstruir su actitud de noble insatisfecho por ciertas restricciones, actitudes y valores que se les habían impuesto después de la conquista hispana, pero, a la vez, era un cacique ya establecido con firmeza en la nueva economía novohispana, como lo reflejan las pictografías conocidas como Mapa de Oztotícpac (Arqueología Mexicana, núm. 88), el Fragmento Humboldt No. 6 (Arqueología Mexicana, núm. 107). Además del Proceso… citado, datos adicionales se encuentran en esas pictografías que se elaboraron con el objeto de aclarar el estatus de las propiedades patrimoniales que se le habían asignado a don Carlos en su calidad de pilli o noble, conectado directamente con la familia gobernante de Texcoco-Acolhuacan. Como un procedimiento rutinario, la Inquisición las había confiscado. La existencia de don Carlos hubiera pasado desapercibida, como la de muchos nobles indígenas del siglo xvi que no llegaron a ocupar puestos políticos de relevancia, o que no escribieron alguna crónica o documento de valía. Sin embargo, el hecho de haber sido el único noble indígena condenado a muerte por la Inquisición apostólica, lo hace acreedor de una nota especial.
No se tienen noticias de la fecha de su nacimiento, aunque se calcula que en 1539 tenía aproximadamente 30 años. Don Carlos Ometochtli era hijo “natural” de Nezahualpilli y hermano de otros descendientes también “naturales” como Antonio Pimentel Tlahuitoltzin, Pedro Tetlahuehuetzin y Hernando Pimentel Ihuan, quienes llegaron a ocupar la gubernatura del reino texcocano. En 1524 fue bautizado y, más tarde, educado en un ambiente de frailes franciscanos, donde se ocupaban particularmente de cristianizar a los hijos de los nobles indígenas. De la lectura del Proceso inquisitorial… salta a la vista un cacique resentido, inconforme –como muchos otros–, pero que no manifestaba conductas peligrosas en contra del régimen hispano, como líder de algún movimiento político-religioso. Casos contrarios parecen ser los de Martín Océlotl, Andrés Mixcóatl y Cristóbal Papálotl. En el juicio a Mixcóatl se da noticia de que visitó diferentes pueblos y realizó actividades de “hechicero”. Como pago pidió 1 600 puntas de tepuztli (cobre) para hacer flechas y enfrentar a los cristianos. Entonces su hermano Océlotl regresaría de España y expulsaría a los españoles. A Mixcóatl y Papálotl, después de pedir perdón y solicitar su reconciliación, les fueron confiscados sus bienes y se les condenó a recibir diez azotes en los pueblos que habían visitado, además de la reclusión en un monasterio durante un año. En ninguno de los castigos a estos tres “hechiceros” se solicitó la pena de muerte. Como se prueba en el Mapa de Oztotícpac, don Carlos ya estaba involucrado, con un socio español, en el floreciente negocio de injertar ramas de árboles frutales europeos en tejocotales y plantar vides. En el Mapa se registraron 426 árboles injertados y 37 parras (xocomécatl). Sin embargo, y afirmamos lo siguiente como una hipótesis, como consecuencia de una lucha interna por el poder local en Texcoco, don Carlos fue denunciado por idolatría ante el Santo Oficio por uno de sus sobrinos, Francisco Maldonado, con el apoyo de Lorenzo de Luna, denuncia que tuvo un excepcional eco, en especial en el obispo Zumárraga. En el proceso en contra de don Carlos se menciona a Luna, un descendiente lejano asociado a Nezahualpilli, por medio de la línea de sus hijos ilegítimos, como gobernador (tlatoani) de Texcoco. A Luna se le encarga resguardar los bienes que se le confiscaron a don Carlos (más tarde se menciona a Sancho López de Aburto como testigo y depositario de los mismos). Sin embargo, en las listas de gobernantes texcocanos procedentes de fuentes indígenas no aparece el nombre de Luna. En cambio, se registra a Antonio Pimentel Tlahuitoltzin, medio hermano de don Carlos, como el décimo quinto ocupante del trono, de ¿1539-1540? a 1546. Es muy probable que Tlahuitoltzin haya sido el promotor de la elaboración del Mapa de Oztotícpac y también del Fragmento Humboldt No. 6 donde, significativamente, aparece su imagen.
Xavier Noguez. Profesor-investigador de El Colegio Mexiquense, dedicado al estudio de la cultura náhuatl y la publicación de códices coloniales del Centro de México.
Noguez, Xavier, “El juicio inquisitorial del noble texcocano don Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli (1539)”, Arqueología Mexicana núm. 127, pp. 54-57.
Chactún, Tamchén y Lagunita. Primeras incursiones arqueológicas a una región ignota
Ivan Šprajc, Octavio Esparza Olguín, Arianna Campiani, Atasta Flores Esquivel, Aleš Marsetič, Joseph W. Ball
Durante las temporadas 2013 y 2014 del proyecto “Reconocimiento arqueológico en el sureste del estado de Campeche” fueron descubiertos los vestigios de tres extensas ciudades mayas. El impresionante tamaño de los edificios y los monumentos esculpidos, algunos con inscripciones jeroglíficas bien conservadas, revelan que se trata de importantes centros políticos del Clásico.
Hasta hace dos décadas había grandes lagunas en el mapa arqueológico del sureste de Campeche. Durante siete temporadas de reconocimiento arqueológico realizadas a partir de 1996 logramos reducirlas considerablemente. En el territorio al sur de la carretera federal núm. 186, que incluye el sector sur de la Reserva de la Biosfera de Calakmul, registramos casi 80 sitios, entre ellos varios centros urbanos con arquitectura monumental y monumentos esculpidos. Asimismo localizamos de nuevo sitios que habían sido olvidados, como Balakbal, Oxpemul y Uxul, reportados por las expediciones de la Carnegie Institution de Washington, dirigidas por Karl Ruppert en la década de 1930. En contraste con esta región, un vasto territorio que se extiende al norte de la carretera núm. 186, entre las provincias culturales de Río Bec y Chenes, permanece arqueológicamente desconocido. La información sobre algunos sitios que, según los datos publicados, se encuentran en esta área es tan deficiente que resulta imposible determinar su localización o identificarlos con cualquier sitio que eventualmente se descubra en campo. Con el objetivo de enmendar la situación, en 2013 se iniciaron los trabajos de prospección en esa región.
En temporadas anteriores, se interpretaron fotografías aéreas a gran escala, con lo que se detectaron numerosos sitios que posteriormente se verificaron en campo. La misma técnica fue empleada para el sector norte de la biosfera. Así, en 2013, nuestra primera meta fue verificar lo que parecía ser un sitio extenso, con varios edificios monumentales, a menos de 40 km al noroeste de Xpujil. Para llegar al sitio buscamos los antiguos caminos madereros, también visibles en las fotos aéreas. El camino que reabrimos debió ser abandonado hace décadas, a juzgar por la tupida vegetación secundaria que tuvimos que eliminar, para abrir paso a los vehículos que llevaban el equipo, el agua y las provisiones. Después de tres semanas de trabajo llegamos al sitio que posteriormente denominamos Chactún, en el cual trabajamos durante dos meses. Al continuar los trabajos de prospección en 2014, usamos un tramo del camino abierto el año pasado y, posteriormente, seguimos otro que conducía hacia el sur y que nos acercó a los sitios de Tamchén y Lagunita.
Chactún
Es el más grande de los tres sitios y está formado por tres complejos de arquitectura monumental, dispuestos sobre elevaciones naturales y que cubren más de 20 hectáreas. En el área circundante se encuentran diversas concentraciones de estructuras menores, pero la extensión total del antiguo asentamiento se desconoce.
El Complejo Oeste, el más grande, consta de varias plazas y patios rodeados por templos piramidales y edificios alargados, evidentemente restos de palacios con funciones residenciales y administrativas. Más que su altura –la Estructura A-1, la más alta, alcanza los 20 m–, llaman la atención los volúmenes de los edificios palaciegos, con partes de sus muros expuestas. En el extremo sureste del conjunto se localiza un juego de pelota, del cual al parecer partía un sacbé hacia el Complejo Sureste, a poco más de 300 m de distancia.
Al poniente del Complejo Oeste el terreno desciende a un extenso bajo, en cuya orilla se localiza, a poco más de 200 m del borde poniente del complejo, una hondonada de planta rectangular, cuyas dimensiones en direcciones norte-sur y este-oeste son de unos 220 m y 170 m, respectivamente. Con excepción de la parte sureste y más baja, donde se ubica una aguada, la hondonada está cubierta por un tintal; además de que el árbol comúnmente llamado “palo de tinte” (Haematoxylon campechianum) crece en áreas periódicamente inundadas, la forma de la hondonada y el material amontonado en sus orillas indican que se trata de un depósito de agua, similar a los que se encuentran en Calakmul, Becán, Ichkabal, Uxul y otros sitios.
Los edificios principales del Complejo Sureste, entre los que destacan cuatro basamentos piramidales, rodean la plaza central, en cuyo extremo sur se encuentra, adosado a un par de pirámides, un juego de pelota. El Complejo Noreste es el más pequeño, y también cuenta con dos templos piramidales que circundan una plaza y alcanzan alturas de casi 20 m.
Casi todos los monumentos esculpidos de Chactún se localizan en los complejos Oeste y Sureste. En total localizamos 20 estelas, de las cuales 9 contienen restos de imágenes o inscripciones, y 15 altares, 2 de ellos con evidencia de grabado. Particularmente interesante es la Estela 1, en la que se observan cartuchos jeroglíficos de estuco modelado y pintado en color rojo, lo que la convierte en un monumento excepcional. Afortunadamente, todavía se puede apreciar gran parte de la inscripción, con la fecha de cuenta larga 9.16.0.0.0, 2 ajaw 13 sek (5 de mayo de 751 d.C.). Al mencionar la erección de la estela, el texto se refiere a una “piedra roja” o “piedra grande” (chaktuun), término que nos inspiró para bautizar el sitio. Más adelante en el texto se hace referencia a un personaje, probablemente un gobernante local, de nombre Aj K’ihnich B’ahlam, relacionado con la erección del monolito.
La Estela 12, que también contiene restos de un texto jeroglífico, se encuentra en el juego de pelota del Complejo Oeste. En realidad sólo encontramos el fragmento superior del monumento, que fue reutilizado en la esquina noroeste de la cancha, donde se colocó con su extremo superior hacia abajo. En la cara frontal está tallado el rostro de un individuo, asociado a la cabeza de una serpiente con las fauces abiertas, mientras que en el texto en los costados se registra, muy probablemente, el final del katún en 9.16.0.0.0 e incluye una referencia al ciclo de 819 días. La mención de dicho ciclo en una inscripción procedente del enclave entre las regiones Río Bec y Chenes es del todo sorprendente, ya que su área de distribución se encuentra en los extremos oriental y occidental del área maya, registrándose en asentamientos como Palenque, Pomoná, Yaxchilán, Copán o Quiriguá.
Otros monumentos relevantes en Chactún, ambos en el Complejo Sureste, son las Estelas 14 y 18, donde se plasmaron las efigies de personajes ricamente ataviados, así como registros calendáricos que hacen alusión a la fecha 9.15.0.0.0, 4 ajaw 13 yax (18 de agosto de 731 d. C.). La Estela 14 estaba, curiosamente, asociada a elementos arquitectónicos, incluyendo un muro que tapó una parte de su cara frontal. Así como muchas otras, la Estela 18 fue reutilizada en algún momento después de su erección original; sus dos fragmentos se encontraron en la esquina suroeste de la cancha del juego de pelota del Complejo Sureste, mientras que fragmentos de otras estelas formaban parte de las esquinas noroeste y sureste.
La cerámica de superficie indica una ocupación continua desde por lo menos el Preclásico Tardío hasta el Clásico Terminal o comienzos del Posclásico Temprano. Aparte de los porcentajes de los tipos cerámicos identificables, también los monumentos con fechas sugieren que el asentamiento alcanzó su apogeo durante el Clásico Tardío. Un hallazgo interesante lo representan los fragmentos de incensarios del tipo Chen Mul Modelado, encontrados en las inmediaciones de la Estela 1. Pertenecientes al Posclásico Tardío, estos tiestos constituyen casi la totalidad de la cerámica de esta época encontrada en el sitio. Aunque resulta evidente que, después del Clásico Terminal, la ocupación del asentamiento fue muy reducida u ocasional, parece significativo que la singular Estela 1 siguió siendo respetada y venerada aún muchos siglos después de su erección.
Tamchén
Más de 30 chultunes, concentrados en las dos plazas principales, constituyen tal vez la característica más llamativa del sitio, ubicado a 6 km al sureste de Chactún y más pequeño que este último. Algunos alcanzan profundidades inusitadas de hasta 13 m, a las que alude el nombre que escogimos para el sitio (“pozo profundo”, en maya yucateco). Aunque la cerámica recolectada en la superficie indica una ocupación continua desde el Preclásico Medio hasta el Clásico Terminal, en la muestra recolectada prevalecen los tipos del Preclásico y el Clásico Temprano. Llama la atención que en algunos chultunes fue encontrada únicamente cerámica del Preclásico Medio y Tardío. Entre los edificios monumentales que componen el núcleo del asentamiento, rodeando varias plazas, se destaca una acrópolis con un conjunto triádico en su parte superior; tanto la configuración triádica como la cerámica asociada permiten concluir que el sitio llegó a ser un centro relativamente importante en el Preclásico. Otro edificio prominente es la Estructura 1, un templo piramidal con un santuario superior parcialmente expuesto, que alcanza los 15 m de altura.
En Tamchén también se encontraron monumentos esculpidos, aunque sólo la Estela 1, localizada en la plaza inmediatamente al sur de la Estructura 1, conservaba grabados, de los cuales sólo era legible un cartucho jeroglífico con la representación del día 3 ajaw, seguramente vinculado con alguna fecha de final de periodo. A un lado de la estela se encontró una punta de flecha unifacial, cuya forma y elaboración permiten saber que corrresponde al Posclásico y que, posiblemente, formaba parte de una ofrenda.
Lagunita
Este sitio, situado a casi 6 km al suroeste de Tamchén, es más grande que este último pero más pequeño que Chactún. Al descubrir una impresionante portada zoomorfa nos dimos cuenta de que se trataba del sitio que en los setenta del siglo pasado visitó el investigador norteamericano Eric von Euw, quien nunca publicó su hallazgo, pero cuyos bocetos de una parte de la portada y de algunos monumentos se encuentran en el Museo Peabody de la Universidad de Harvard. Gracias a que teníamos copias de esos dibujos, amablemente proporcionadas por el investigador austriaco Karl Herbert Mayer, pudimos identificar el sitio como Lagunita.
El núcleo del sitio consta de tres grupos de arquitectura monumental, con diferentes características. El Grupo A, situado sobre una elevación natural, es el más grande y más complejo. Sus edificios delimitan dos plazas contiguas, la primera enmarcada por voluminosos edificios alargados y la otra, inmediatamente al poniente, caracterizada por estructuras diferentes y orientada con su frente principal hacia el poniente, dirección en la que mira la imponente fachada zoomorfa. A unos metros al noroeste se encuentra un juego de pelota. El Grupo B, en la planicie al sur del Grupo A, se caracteriza por estructuras alargadas cuya diferencia de altura y orientación confieren a la plaza una forma irregular y sugieren diferentes etapas constructivas. El Grupo C, dispuesto arriba de una loma a un centenar de metros al oriente del Grupo A, es el que tiene el menor número de estructuras y cuenta con una plaza delimitada por un edificio alargado en su costado poniente, un montículo menor en el lado sur y otra pequeña plaza elevada hacia el norte, sobre cuyo lado norte se erige la única pirámide del asentamiento, que alcanza los 13 m de altura sobre el nivel de la plaza.
El rasgo arquitectónico más sobresaliente del sitio es, sin duda, la fachada zoomorfa en la orilla poniente del Grupo A: se trata de una portada “integral” que representa las fauces abiertas del monstruo de la tierra, acompañado por una cascada de mascarones laterales de perfil. La parte superior del monstruo ya no se encuentra in situ, debido al colapso del dintel de la puerta, pero los demás elementos iconográficos se pueden apreciar casi por completo, incluyendo los colmillos que sobresalen de las encías redondeadas a ambos lados de la puerta y los ojos globulares enmarcados por los párpados cubre-cejas flamígeros, todo en un sabio juego de luces y sombras obtenido gracias a las diferentes profundidades de los elementos decorativos. Arriba del ojo, en la parte meridional (derecha) de la portada, puede aún apreciarse un dintel de madera; otro más se conserva en los cuartos abovedados en la parte oriente del edificio que sustenta la portada zoomorfa.
Asociados a los tres grupos hallamos 12 altares y 10 estelas, entre las que sobresale la Estela 2, colocada inmediatamente al sur del Grupo A. En su cara frontal se observa un texto jeroglífico con la fecha 9.14.0.0.0, 6 ajaw 13 muwaan (1 de diciembre de 711 d.C.), que hace referencia al grabado de la estela. El nombre del gobernante que mandó erigir el monolito está borrado, pero el texto conservado menciona que se trata de un señor de 4 katunes, indicando que para ese momento transitaba alrededor de su séptima década de vida. Igualmente interesante es el Altar 1, localizado al centro de la plaza principal del Grupo B: es una piedra de forma rectangular en cuyos cuatro costados están grabados los glifos ajaw con diferentes coeficientes. Debido a que los numerales decrecen en un factor de dos unidades, bien puede tratarse de una cuenta de katunes.
Por sus características morfológicas destacan también los altares 2 y 3, ubicados en la plaza principal del Grupo B. Se trata de monumentos de planta circular con forma de clavo. Los monumentos esculpidos, sobre todo la fecha en la Estela 2, sugieren que el sitio vivió su auge en el Clásico Tardío, pero en la cerámica de superficie, que evidencia la ocupación desde el Preclásico Medio, están igualmente bien representados los tipos del Clásico Temprano. Algunos tiestos indican una ocupación esporádica u ocasional durante el Posclásico, entre los que cabe mencionar fragmentos de incensarios de los tipos Chen Mul Modelado y Cehac-Hunacti Compuesto.
Ivan Šprajc. Arqueólogo, investigador del Centro de Investigaciones de la Academia Eslovena de Ciencias y Artes (ZRC SAZU), Ljubljana, Eslovenia.
Octavio Esparza Olguín. Arqueólogo y epigrafista. Estudiante de doctorado en la UNAM.
Arianna Campiani. Arquitecta, doctora por la UNAM.
Atasta Flores Esquivel. Arqueólogo, maestro por la UNAM.
Aleš Marsetic. Geodesta, investigador titular del ZRC SAZU, Ljubljana, Eslovenia.
Joseph W. Ball. Arqueólogo y especialista en la cerámica maya. Profesor emérito de la San Diego State University, EE.UU.
Šprajc, Ivan, Octavio Esparza Olguín, Arianna Campiani, Atasta Flores Esquivel, Aleš Marsetič, Joseph W. Ball, “Chactún, Tamchén y Lagunita. Primeras incursiones arqueológicas a una región ignota”, Arqueología Mexicana núm. 13, pp. 20-25.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)