martes, 30 de junio de 2020
lunes, 14 de agosto de 2017
miércoles, 11 de enero de 2017
Las figurillas de Mazapa y las malinches de los coras
Laura Solar, Laura Magriñá, Lourdes González
Los atuendos de las figurillas Mazapa y de las malinches cuentan con muchos elementos simbólicos, y es muy posible que las variantes sincrónicas entre piezas arqueológicas se deban fundamentalmente a las exigencias particulares en la parafernalia durante distintos momentos del ciclo ritual anual.
A principios de la década de 1930, las excavaciones de George C. Vaillant y Sigvald Linné establecieron las bases para la secuencia cultural y cronológica de los desarrollos prehispánicos en el altiplano central mexicano. Las exploraciones en las ruinas de Teotihuacan, estado de México, y sus alrededores, así como en algunos sitios al sur, permitieron reconocer varios “horizontes” a partir de los cuales se estableció una secuencia que, en esencia, sigue vigente para la arqueología de la Cuenca de México. Dicha secuencia es, también, sobre la cual se basaron por mucho tiempo las fases en las demás regiones del México antiguo.
Escasos metros al norte de la Pirámide de la Luna, en el poblado rural de San Francisco Mazapa, Linné logró separar con claridad los elementos diagnósticos de una cultura que, partiendo de los hallazgos estratigráficos de Vaillant, fue posterior al esplendor teotihuacano pero anterior al mundo azteca.
Pocos años después, Jorge Acosta localizó los mismos materiales asociados a la fase temprana del asentamiento en Tula (siglos X al XII de nuestra era), y a ello se debe que hasta la fecha se le considera una cerámica diagnóstica de lo “tolteca”, y a la presencia de algunos de sus elementos en sitios muy distantes, un supuesto símbolo de expansión imperial.
Para los fines de esta exposición, nos centraremos en los atributos de las terracotas más representativas del complejo Mazapa (o Mazapan), y en los alcances de su distribución, para posteriormente ofrecer algunas reflexiones sobre las sugerentes semejanzas entre estas imágenes de barro y el atuendo de las malinches de los coras del Gran Nayar. De mostrarse extensiva al plano simbólico, esta correspondencia iconográfica podría resultar de gran utilidad para avanzar en el estudio del simbolismo y la función ritual de las figurillas prehispánicas, gracias al trabajo etnográfico.
Atributos y distribución de las figurillas Mazapa
Las figurillas Mazapa más comunes fueron manufacturadas en molde y se caracterizan por una forma general tabular, con la superficie dorsal carente de acabado o decoración. En el anverso se muestran en relieve algunos rasgos corporales, por ejemplo la nariz o las manos y –en los ejemplares femeninos– los senos. También se representa el atavío de los personajes, especialmente el vestido, las orejeras y el tocado. En ocasiones sobresalen los pies, proyectados hacia el frente para mantener erguidas las figurillas. Los detalles del atuendo se logran mediante líneas finas, también en relieve, producto de la presión de la arcilla fresca en el fondo del molde, y luego se resaltan con pintura de varios colores. En los ejemplares más sencillos, todos los detalles fueron pintados sobre una superficie plana de tendencia rectangular. La pintura se aplicó posterior a la cocción de las piezas, de modo que se pierde con facilidad y en la mayoría de los fragmentos conocidos apenas se aprecian vestigios de lo que debió ser una profusa decoración.
Aunque se apegan a un concepto genérico, las figurillas Mazapa exhiben algunas diferencias dependiendo de la región en la que se localicen. El rasgo más sintomático de esta diferenciación es el tocado, que ofrece notorias variaciones; de cualquier modo, en las representaciones femeninas –que son las más frecuentes– por regla general se presenta una banda horizontal encima de la frente, de la cual descienden dos bandas verticales que enmarcan la cara y rematan cerca de los hombros, representando el cabello; las orejas nunca son visibles, fueron sustituidas por orejeras circulares. La banda horizontal central, en ocasiones decorada, ciñe el peinado o tocado, que puede variar en atributos y también en complejidad.
Solar, Laura, Laura Magriñá, Lourdes González, “Las figurillas de Mazapa y las malinches de los coras”, Arqueología Mexicana núm. 108, pp. 66-71.
• Laura Solar Valverde. Arqueóloga, Centro INAH Zacatecas y Universidad de Gotemburgo.
• Laura Magriñá. Etnohistoriadora, Centro INAH Nayarit y Universidad Iberoamericana.
• Lourdes González. Arqueóloga, Centro INAH Nayarit.
domingo, 8 de enero de 2017
CONOCE SOBRE LOS CANTOS ERÓTICOS NAHUAS
La tradición erótica de diversos grupos nahuas queda plasmada en esta compilación de cantares.
POR: ANA PAULA DE LA TORRE DIAZ
DICIEMBRE 27, 2016
En los cantos eróticos, la motricidad lúbrica de los gestos, la voluptuosidad lasciva de la danza, la sensualidad de la voz, el sonido deleitoso de los instrumentos, así como la ambigüedad libidinosa o la refinada lujuria de las palabras, suscitaban placeres con matices distintos según el género.
Patrick Johanssen
Los estudiosos no se han puesto aún de acuerdo. Se desconoce por qué en los conocidos Cantares Mexicanos, los religiosos del siglo XVI permitieron que se transcribieran Cantos mexicas de índole erótica.
Las teorías apuntan a que, de hecho, ello sucedió pues no era muy directo el erotismo inmerso. Se trata de algún modo de lo que hoy conocemos como albur, y que de hecho en la cultura mexicana proviene de raíces prehispánicas.
Estos Cantos aún hoy persisten. Tenemos tradiciones orales en los Cantares Mexicanos que muestran la tradición erótica, que en algunas fiestas y bailes traviesos, esta se manifestaba abiertamente y con un toque lúdico y simpático en la cultura nahua.
Para el prestigiado investigador Patrick Johanssen, según el contexto, el erotismo nahua podías ser desde sutil hasta exagerado, o bien, disfrazado con el ingenioso albur. Al respecto de estos distintos cantos eróticos nos dice:
El xopancuícatl, ‘canto de primavera’, era el más discreto de los cantos eróticos. En el cuecuechcuícatl, ‘canto travie- so’, la libido se canalizaba ritualmente hacia los ámbitos religiosos para re-energetizar el cosmos. En el cihuacuícatl, ‘canto de mujeres’, Eros se volvía ofensivo, irónico, sarcástico, para derrotar al varón. El canto de ancianos, huehuecuícatl, esgrimía también el escarnio, un ingenio sarcástico y un erotismo lúdico, pero para distraer y recrear. El cococuícatl, ‘canto de tórtolas’, como su nombre lo sugiere, manifestaba una jocosa sensualidad relacionada con la intimidad matrimonial. Todos estos géneros eróticos tenían en común una lascividad gestual y dancística, así́ como un lenguaje ambiguo, preñado de sentidos potenciales que llegaban a constituir, a veces, lo que hoy se consideraría en México como un albur.
Fragmentos eróticos en distintos Cantos
Como mencionamos, los cantos abordan el erotismo desde diversos lugares. A continuación algunos ejemplos de estas perspectivas:
Cuecuechcuícatl ‘canto travieso’
Respecto a este lúdico díálogo entre la sexualidad y el rito Johanssen nos dice:
Además del carácter lascivo de la danza, el cuecuechcuícatl escondía en palabras y frases con doble sentido un erotismo que contagiaba la sacralidad y la risa a los partici- pantes y espectadores del acto ritual, pero que buscaba también propi- ciar la fecundación y el crecimiento de las plantas. En un cuecuechcuícatl contenido en el manuscrito Cantares mexicanos, el crecimiento de la flor remite, mediante una metáfora, a la erección del pene:
Momamalina zan ic ya totoma ho ohuaya ca nicalle.
(CM, 1994: fol. 67r)
Crece (enredándose) luego se desfaja ho ohuaya:
soy el dueño de la casa.
Cihuacuícatl ‘canto de mujeres’
Se trata de un canto más directo respecto a lo sexual. No tan vinculado a lo ritual sino más bien a lo profano.
Tla noconahahuilti aylili aylilililili i
Iolotzin ololo oyyaye ayyo
Zan nictócuil ehuilia zan niquiquixhuia ho oo
(CM, 1994: fol. 72r)
Le doy placer aylili aylilililili i
a su olotito, ondula oyyaye ayyo.
Yo sólo le levanto nuestro gusano y lo hago estar recto ho oo.
Huehuecuícatl ‘canto de ancianos’
Es un canto baile en el que el anciano se representa con su vastón; uno que hace alusión con comicidad del juego del erotismo pasado en comparación al que puede aludir la figura del bastón; un hombre cercano a la muerte y de una historia erótica recorrida.
Cococuícatl ‘canto de tórtolas
Estaba hecho exclusivamente para los recién casados; canto erótico-amoroso que era puesto en escena en las bodas. Este baile se hacía enfrente de los esposos, uno de alegría. “A nivel expresivo, este género de cantos manifiesta un lirismo profundo, pero tiene matices cómicos y sexuales. Se cantaba al ritmo del tambor”.
Mayormente el erotismo nahua era indirecto, en forma de metáforas y albures, aunque también existen alusiones muy directas en los Cantos antes mecionados, como:
– ¿Tictzitzinequi in nochichihualtzin? (CM, 1994: fol. 72r).
– ¿Quieres agarrar mis pechos?
¿Normalizado o encubierto? Al parecer el erotismo nahua figuraba de las dos maneras. En ciertos contextos era aceptado, celebrado, incluso vuelto un lúdico placer; en otros más bien era una manera de amor íntimo únicamente; también llegó a ser un hermoso ritual de fecundidad.
Lo cierto es que el erotismo estuvo presente de manera importante y frecuente en esta cultura donde prevaleció entre la metáfora, el albur, los eufemismos y la cotidianidad.
“El adiós y triste queja del gran Calendario Azteca”. El incesante peregrinar de la Piedra del Sol
Leonardo López Luján
Siete movimientos marcan la agitada historia del monolito mexica. Es un viaje de casi quinientos años que comienza en los pedregales del sur de la Cuenca de México, hace un alto prolongado en la isla de Tenochtitlan y concluye en el bosque de Chapultepec.
Como toda piedra, la del Sol ha tenido como destino rodar y rodar... Una y otra vez ha cambiado su emplazamiento desde aquel remoto año de 1512, propuesto por Hermann Beyer como fecha de su elaboración. A decir de Ezequiel Ordóñez, el origen del monolito más insigne de la civilización mexica debe buscarse en el sur de la Cuenca de México. El geólogo mexicano dio a conocer esta conclusión en 1893, tras tomar varias muestras de la cara posterior del monolito, analizarlas al microscopio e identificar la materia prima como un basalto de olivino. Este tipo de roca, de acuerdo con Ordóñez, es característico de corrientes inferiores de lava solidificada, próximas a las planicies ribereñas de los antiguos lagos meridionales. Los principales derrames basálticos de la Cuenca –hoy lo sabemos– se encuentran tanto en el área del Pedregal de San Ángel como al sur y el sureste de Xochimilco.
El origen
Décadas más tarde, en 1923, el propio Beyer intentó precisar el origen de la Piedra del Sol. Para ello estableció la conexión entre el insigne monumento y pasajes históricos referentes a una enorme piedra sacrificial que Motecuhzoma Xocoyotzin mandó buscar al sur de la Cuenca en tiempos de su reinado (1502-1520 d.C.). Uno de dichos pasajes se localiza en la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada. Allí se afirma que “concurrio grandisimo Gentío de toda la Comarca” a Tenanitlan, es decir, al actual barrio de San Ángel en el sur de la ciudad de México. Ahí hallaron la piedra que requerían, “la movieron de su lugar, y la fueron arrastrando por el Camino, con grandisima solemnidad, haciendole infinitos, y mui varios, y diferentes sacrificios, y honras”. Pero el infortunio hizo que, al llegar a Tenochtitlan, la piedra se precipitara desde un puente del barrio de Xoloco, sumergiéndose en las someras aguas de un canal. El franciscano concluye el relato mencionando en forma lacónica que, a la postre, “sacaronla con grandisimo trabajo, y dedicaronla en el Templo de Huitçilopuchtli...”
El mismo acontecimiento es narrado por Hernando Alvarado Tezozómoc en su Crónica mexicana, aunque con importantes variaciones y un delicioso tono fantástico. El historiador especifica que fueron entre diez y doce mil las personas que se dieron cita en el sur de la Cuenca, pero no en Tenanitlan, sino en Acolco, localidad ubicada al sur de Míxquic y Ayotzingo. Tezozómoc también afirma que lo que encontraron fue una prodigiosa roca parlante que se negaba a viajar hasta Tenochtitlan y que, al caer en las aguas de Xoloco, regresó mágicamente a Acolco, frustrando así los anhelos del segundo Motecuhzoma.
López Luján, Leonardo, “‘El adiós y triste queja del gran Calendario Azteca’. El incesante peregrinar de la Piedra del Sol”, Arqueología Mexicana, Núm. 91, pp. 78-83.
• Leonardo López Luján. Doctor en arqueología por la Université de Paris X-Nanterre. Director del Proyecto Templo Mayor, INAH. Profesor de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía.
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