domingo, 4 de diciembre de 2016
Las pirámides de México. Visual
Enrique Vela
En el paisaje arqueológico de México, las pirámides constituyen el elemento más llamativo. De tal manera que para la mayoría el término “pirámides” se asocia, en primera instancia, al total del conjunto de vestigios relacionados con las culturas prehispánicas, aunque también se le utiliza para referirse en específico a aquellas construcciones que a la sola vista se perciben especiales.
De hecho, varios de los nombres que ahora reciben muchas de las estructuras principales van acompañados por el calificativo de pirámide, por ejemplo: la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna en Teotihuacan, estado de México, o la Pirámide de los Nichos en Tajín, Veracruz, sin duda monumentos emblemáticos de la época prehispánica.
Esas grandes construcciones representaban para las sociedades prehispánicas sus obras de mayor calado y significado. Hoy en día son elementos icónicos no sólo por su atributos estéticos, sino por lo que convocan sobre sus constructores: sociedades con complejos rituales, con organizaciones capaces de mandatar su construcción y con eficientes técnicas para lograrla. En la medida en que eran edificios cargados de simbolismo, que constituían elementos indispensables en el desarrollo de la vida ritual, no es extraño encontrar representaciones de ellas en la iconografía prehispánica. Se les plasmó lo mismo en grabados y pintura mural que en maquetas, muy probablemente para recrear a otra escala los ritos que se efectuaban en las pirámides, con la misma intención que debieron tener las representaciones de templos en los patios de algunas estructuras teotihuacanas.
En los códices prehispánicos también se encuentran representaciones de esos grandes templos, las cuales permiten percatarse de la complejidad de su decoración. Debe tomarse en cuenta que esas grandes construcciones que ahora estamos habituados a ver en la simple monocromía de la piedra, estuvieron en su momento totalmente pintadas en vivos colores y con una multitud de motivos de hondo significado. En varios documentos posteriores a la conquista aparecen asimismo representaciones de esos edificios que si bien muestran ya la influencia europea sobre la mano indígena que los elaboró, reflejan adecuadamente sus características. Durante la Colonia y a lo largo del siglo XIX, las pirámides llamaron la atención de los viajeros y estudiosos, quienes elaboraron representaciones, las más de las veces idealizadas. Con la profesionalización de la arqueología y la exploración de un buen número de esas estructuras, las representaciones tendieron a ser cada vez más fieles y hoy en día se cuenta con registros detallados que dan cuenta de cada elemento constructivo y decorativo.
En el México moderno persiste la presencia de las pirámides, no sólo como edificios que pueden admirarse en las zonas arqueológicas abiertas al público sino como elemento distintivo recurrente en nuestra numismática; también han sido fuente de inspiración para artistas como Diego Rivera y en varias construcciones es palpable la intención de los arqui-tectos de tomarlas como modelo.
Vela, Enrique, “Las pirámides de México. Visual”, Arqueología Mexicana núm. 101, pp. 40-51.
Moctezuma II. Imagen de un tlatoani
La imagen, la memoria visual, de Moctezuma II perduró no sólo en los monumentos que se elaboraron durante su reinado y en los códices indígenas elaborados tras la conquista. Hubo además, entre los españoles que lo conocieron, quienes dejaron descripciones de su persona y la vida en su corte. En los siglos posteriores, como personaje fundamental de aquella gesta que asombró al mundo entero, Moctezuma fue una presencia constante en la obra de ilustradores y pintores que recrearon distintos pasajes del descubrimiento y conquista de México.
A finales del siglo XIX y principios del XX, Moctezuma fue inspiración de artistas que se inscribían en la tónica de revaloración de nuestras raíces indígenas, y hasta fue uno de los personajes convocados a la gran celebración del Centenario de la Independencia en 1910. El énfasis que se dio a la figura de Cuauhtémoc en las décadas siguientes provocó que el gran tlatoani Moctezuma quedara algo relegado en el imaginario popular; sin embargo, su presencia sigue vigente tanto en nombre de calles, comercios de todo tipo e incluso en una que otra empresa.
Ofrecemos a nuestros lectores una apretada muestra de las representaciones de Moctezuma Xocoyotzin en distintas épocas, desde aquellas elaboradas por artistas indígenas –que si bien muestran ya la influencia occidental reflejan aún un claro estilo prehispánico– hasta las más recientes, asociadas al mundo de la publicidad moderna y la nomenclatura urbana.
“Era aquel rey y señor de mediana estatura, delicado en el cuerpo, la cabeza grande y las narices algo retornadas, crespo, asaz, astuto, sagaz y prudente, sabio, experto, áspero en el hablar, muy determinado. A cualquiera de los soldados u otro cualquiera que fuese, cualquiera de los soldados que hablaba alto y le daba pena, le mandaba luego que saliese y fuese de allí. Tenía mucha cuenta con los que le honraban y se quitaban la gorra y hacía reverencia, a los cuales daba presentes y joyas y comida, a su manera (Francisco de Aguilar, “Relación breve de la conquista de Nueva España”, en La conquista de Tenochtitlán, Crónicas de América, Historia 16, España, pp. 180-181).
“…y el gran Moctezuma venía muy ricamente ataviado, según su usanza, y traía calzados unos como cotaras, que así se dice lo que se calzan, las suelas de oro, y muy preciada pedrería encima de ellas… y otros muchos señores que venían delante del gran Montezuma barriendo el suelo por donde había de pisar, y le ponían mantas porque no pisase la tierra” (Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, Alianza Editorial, p. 240).
El Fin del Mundo, Sonora. Cazadores Clovis de megafauna del Pleistoceno Terminal
Guadalupe Sánchez Miranda, Edmund P. Gaines, Vance T. Holliday
La ubicación y componentes arqueológicos de Fin del Mundo, Sonora, lo convierten en un sitio único que permitirá reflexionar sobre temas como las transformaciones ambientales entre el Pleistoceno Terminal y el Holoceno Temprano, la subsistencia de los primeros pobladores, la integración regional entre los grupos, el papel de los humanos en la extinción de los animales del Pleistoceno y cómo lograron los primeros pobladores adaptarse a la región de Sonora.
El 5 de febrero de 2007 descubrimos el sitio del Fin del Mundo, donde grupos Clovis cazaron y destazaron mastodontes americanos y otros animales del Pleistoceno. Vestigios de estos eventos se preservaron en un depósito en una ciénaga; acamparon a 500 m de ésta, y explotaron un yacimiento de cristal de cuarzo para hacer puntas de proyectil y otros artefactos. Se trata del primer sitio de caza y destazamiento de megafauna del Pleistoceno que se descubre en México desde 1957.
El objetivo principal de la temporada de primavera 2007 del proyecto “Geoarqueología y tecnología lítica de los sitios paleoindios de Sonora” fue visitar todos los sitios y localidades conocidos en Sonora como de los primeros pobladores. En nuestra lista se hallaba una localidad remota, en un rancho del municipio de Pitiquito, donde hace más de 30 años se encontraron unos huesos de mamut poco fosilizados, que se exhiben en el museo municipal de la localidad más cercana.
Los animales del Pleistoceno se encontraron en los depósitos que, a manera de isla, se conservaron en un paisaje erosionado. Los depósitos miden entre 2 y 20 m de ancho por 60 de largo, con estratos expuestos en tres de sus lados. Mientras examinábamos el perfil estratigráfico, descubrimos un tajador de calcedonia que recientemente se desprendió del estrato superior, donde se observaban varios restos de animales del Pleistoceno. Minutos después de este descubrimiento, encontramos a tres metros de la isla un bifacial grande de riolita lasqueado al estilo Clovis; en el lado norte, la parte media de un bifacial de cristal de cuarzo, y después una punta Clovis completa de sílex blanco, aproximadamente a ocho metros de la isla.
Las exploraciones
Hasta la fecha hemos realizado dos temporadas de campo en el Fin del Mundo (invierno de 2007 y otoño de 2008). Los estudios de contextos arqueológicos, geocronología, estratigrafía, paleontología, análisis lítico y los estudios ambientales (diatomeas, polen y gasterópodos) están en proceso; sin embargo, podemos presentar algunas conclusiones preliminares. El sitio está compuesto por siete localidades geológicas y arqueológicas; las más importantes son la 1, representada por la isla con fósiles y artefactos asociados, y la 5, compuesta por varios campamentos Clovis. Además de su importancia arqueológica, el descubrimiento del Fin del Mundo reviste considerable valor para la reconstrucción del medio ambiente antiguo, ya que contiene depósitos que abarcan aproximadamente 24 000 años.
Sánchez Miranda, Guadalupe, Edmund P. Gaines, Vance T. Holliday, “El fin del mundo, Sonora. Cazadores clovis de megafauna del Pleistoceno Terminal”, Arqueología Mexicana núm. 97, pp. 46-49.
• Guadalupe Sánchez Miranda. Subdirectora de Laboratorios y Apoyo Académico de la Coordinación Nacional de Arqueología del INAH. Candidata a doctora en arqueología y geociencias por la Universidad de Arizona. Ha dedicado los últimos 12 años de su carrera al estudio de los primeros pobladores de Sonora.
• Edmund P. Gains. Maestro en arqueología por la Universidad de Arizona. Su tesis de maestría se ocupa de los grupos paleoindios del Valle del San Pedro en Sonora, y ha colaborado en el proyecto de investigación durante los últimos cuatro años.
• Vance T. Holliday. Profesor en el departamento de Antropología y Geociencias de la Universidad de Arizona. Doctorado en geología por la Universidad de Colorado. Desde hace más de 20 años estudia la geoarqueología de los sitios paleoindios, principalmente en las Grandes Planicies.
El dios de la lluvia olmeca
En el Monumento 10 de San Lorenzo, Veracruz, se ve al dios de la lluvia sosteniendo un par de manoplas, las cuales probablemente eran de concha cortada y se usaban en combates rituales. Museo de Antropología de Xalapa, Veracruz. Foto: Rafael Doniz / Raíces
México antiguo
El dios de la lluvia olmeca
Karl A. Taube
En vista de la importancia del maíz, no debe sorprendernos que los dioses más importantes y difundidos en la antigua Mesoamérica sean los de la lluvia, ya que son quienes aseguran su crecimiento y abundancia. Es probable que gran parte del ritual y mitología relacionados con los dioses de la lluvia provengan del periodo Preclásico, cuando se generalizó por toda Mesoamérica el cultivo del maíz. Los olmecas, que se asentaron en la zona sur del Golfo de México, fueron una de las culturas dominantes de ese tiempo, y su impresionante arquitectura y monumentos de basalto atestiguan su poderío, lo cual puede constatarse ya en el Preclásico Temprano en San Lorenzo, Veracruz (aproximadamente 1200-900 a.C.), y más tarde, durante el Preclásico Medio, en La Venta, Tabasco (900 a 500 a.C.), cuando el cultivo del maíz se difundió y se volvió más importante en Mesoamérica. Sin embargo, se conocen ofrendas en un manantial al pie del Cerro Manatí, Veracruz, en el corazón mismo de la zona olmeca, de 1500 a.C. Incluso en la actualidad las montañas y los manantiales son destino importante de peregrinaciones y rituales relacionados con las lluvias.
Origen del dios de la lluvia
Aunque J. Eric Thompson fue un arqueólogo especializado en la civilización maya del Clásico, sugirió que gran parte de los rituales y los simbolismos de la lluvia mesoamericanos comenzaron con los olmecas: “En mi opinión, el culto a la lluvia, con los colores del mundo, los rumbos característicos y las deidades cuatripartitas derivadas o fundidas con las serpientes, desarrolló su esencia durante el periodo Formativo, y probablemente fue creación olmeca” (Thompson, 1979).
Sin embargo, el investigador que más vehementemente defendió el origen olmeca de los dioses de la lluvia mesoamericanos fue Miguel Covarrubias. En el famoso esquema que apareció por primera vez en 1946, Covarrubias atribuía el origen de los dioses de la lluvia –el Tláloc azteca, el Cocijo zapoteco y el Chaac maya– a un prototipo olmeca. Su esquema sigue siendo esencialmente válido, a la luz de interpretaciones y descubrimientos posteriores, excepto por sus ejemplos del Chaac del Clásico maya, que en realidad representa a una montaña zoomorfizada, witz; este ser, sin embargo, se conjunta temáticamente con el dios maya de la lluvia.
Rasgos distintivos
Uno de los rasgos distintivos de las deidades de la lluvia mesoamericanas es que suelen tener colmillos, rasgo que Covarrubias rastrea hasta el dios olmeca de la lluvia. Según Covarrubias, los colmillos y la boca que gruñe se relacionan con el jaguar, criatura que, por cierto, habita en montañas y cuevas, lugar de residencia legendaria de los dioses de la lluvia. Además de la boca dentada, la deidad de la lluvia olmeca muestra con frecuencia el ceño fruncido y ojos oblicuos que tienden a adelgazarse en los extremos tomando la forma de una L acostada. A veces, los párpados aparecen hinchados, como si el dios derramara lágrimas de lluvia. El Monumento 10 de San Lorenzo, Veracuz, de 1000 a.C. aproximadamente, es un imponente ejemplo del dios de la lluvia olmeca. Sostiene un par de manoplas, objetos que, al parecer, eran de concha cortada y se usaban en combates rituales. Aún hoy en día, en Zitlala y otras comunidades de la sierra de Guerrero, jóvenes ataviados de jaguar con cascos de cuero luchan a puñetazos sobre una montaña sagrada para propiciar la lluvia.
Villela Flores, Karl, “El dios de la lluvia olmeca”, Arqueología Mexicana núm. 96, pp. 26-29.
• Karl A. Taube. Doctor. Profesor de antropología en la Universidad de California, Riverside. Especialista en arqueología e iconografía de Mesoamérica.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Huamelulpan y Tayata, Oaxaca
Andrew K. Balkansky, Felipe Nava Rivera, Teresa Palomares Rodríguez
Las investigaciones dirigidas por Stephen Kowalewski, Andrew Balkansky y Laura Stiver Walsh ubicaron a Huamelulpan en el Preclásico Terminal, con una población de 20 000 personas, un cálculo mayor al propuesto para Monte Albán en ese momento. Sin embargo, la extensión territorial de Monte Albán incluye varios valles y grupos étnicos, mientras que las capitales mixtecas controlaban sólo pequeños territorios. El patrón mixteco de altas poblaciones en pequeños territorios políticos continuó hasta el Posclásico, lo que sugiere una continuidad cultural durante muchos siglos.
La urbanización de Huamelulpan comenzó en el siglo IV a.C. y la ciudad fue creciendo durante los siguientes 100 años. El sitio fue al menos parcialmente abandonado hacia 400 d.C. y volvió a retomar su densidad poblacional hasta el Posclásico. Huamelulpan es un ejemplo del uso de plataformas para crear espacios y edificios monumentales típicos del urbanismo en la Mixteca (como en Teposcolula). En el sitio se construyeron terrazas colocando rellenos a lo largo de varias colinas. En la tradición urbana de la Mixteca, las plataformas y grupos de plazas funcionaron como núcleos o centros de coordinación. Este tipo de distribución se ha encontrado también en Tayata, sitio del Preclásico, lo que sugiere que proviene de tiempos anteriores al inicio del urbanismo; se siguió utilizando posteriormente e incluso hasta nuestros días es un rasgo característico (ejemplo de ello es la existencia de siete barrios en la organización de la ciudad de Tlaxiaco).
Por su parte, Tayata fue una de las cabeceras en la época preurbana de la Mixteca Alta y fue parcialmente abandonada, así como las villas o aldeas dependientes de ella, alrededor de 300 a.C.; al parecer, cerca de 4 000 personas abandonaron el lugar que habitaron por lo menos durante 1 000 años. Los mapas que se elaboraron y las excavaciones en la plaza central y en las plataformas con montículos en Tayata proporcionaron evidencias de esa transición. Es durante el Preclásico Tardío cuando apareció en Huamelulpan, a mayor escala, el tipo de distribución espacial con plazas y montículos sobre grandes plataformas, semejante a la distribución en Tayata. La relación entre los espacios públicos y la posible migración de la población de Tayata a Huamelulpan sugieren que el inicio del proceso de urbanización en Huamelulpan pudo haberse producido en una sola generación, es decir, en menos de medio siglo.
Balkansky, Andrew K., Felipe Nava Rivera, Teresa Palomares Rodríguez, “Huamelulpan y Tayata, Oaxaca”, Arqueología Mexicana núm. 90, pp. 36-37.
El creador, Xochicalco, Morelos
Esta escultura, modelada en arcilla, en tamaño natural de 114 cm de altura, 55 cm de ancho y 65 cm de fondo, es un personaje adulto de gran solemnidad. Su cara muestra serenidad, la mirada se pierde al frente y los ojos tienen una forma semicuadrada con esquinas redondeadas, enmarcados por una franja que empieza en el entrecejo con dos prominentes curvas, continúa a lo largo de ellos en calidad de ceja y se riza nuevamente en las sienes. Tiene la nariz ganchuda, los pómulos bien marcados y sobresalientes, la boca entreabierta, en la que se ven los dientes frontales y los colmillos curvos que llegan hasta el labio inferior, la barba tiene pelos cortos y las orejas, proporcionadas al tamaño de la cara, muestran orejeras alargadas.
Los ojos nos recuerdan los de algunas deidades del panteón maya, en especial los del dios del Sol. El tocado está formado por el triángulo trapecio símbolo del año, interpretado como el tiempo, muy común en Xo- chicalco. Bajo éste se encuentra una banda doble con un pico que sobresale al centro. El pelo, al igual que las barbas, está peinado en siete guedejas lacias que llegan casi a a cintura, cinco le cuelgan en la espalda y dos le pasan por detrás de las orejas hacia el frente, terminando en los brazos. Las barbas tienen ocho mechones, dos de ellos como si le salieran de las patillas, otros dos de los pómulos y los cuatro restantes del mentón; en su conjunto le llegan al principio del pecho.
El triángulo trapecio que se encuentra en el tocado está muy relacionado con el dios Tláloc, que para esta época no era dios del agua sino que hacía honor a su nombre tlalli, que significa “tierra”, y que era el dios proveedor de la vida, es decir del agua, de la vegetación y de los animales, por eso a veces se le representa con la lengua en forma de flor, como se ve en la Estela de Xochicalco. Pero nuestra escultura no tiene otros atributos del dios Tláloc, es decir, no tiene las anteojeras, ni los grandes dientes que lo identifican.
El personaje está arrodillado, con la mano izquierda sobre la rodilla; el codo derecho está apoyado sobre la pierna y con la mano de ese lado sostiene una liana de la que desconocemos su dirección, en una que es la antítesis de la rigidez.
La postura de la escultura es similar a la de muchas deidades que aparecen en códices como el Borgia, el Borbónico, el de Dresde, etc. En el caso de nuestra escultura, es muy probable que la postura tenga que ver con cuestiones técnicas de manufactura, al igual que el pequeño banco en el que está sentado.
Las cuatro lianas que envuelven la escultura tienen, a intervalos, hojas y frutos de cacao; dos de esas plantas inician en la entrepierna como dos penes que recorren las ingles, suben por la espalda hasta el hombro y se anudan entre ellos al frente del pecho; una punta llega a apoyarse en el muslo izquierdo y la otra posiblemente en el brazo derecho; una de las otras dos lianas sale del banco en que está sentado y la restante es la que tiene en la mano derecha y desconocemos su trayectoria.
Las lianas que envuelven al personaje no son un elemento exclusivo de Xochicalco, ya que también las encontramos con el mismo tipo de frutos de cacao en el área maya, en el Monumento 21 de Bilbao, Guatemala. El Dr. Oswaldo Chinchilla, quien ha estudiado ese sitio, dice que el cacao es de gran valor, pues representa la sangre de los cautivos. Por otra parte, el nudo que lleva en el pecho –formado por los dos miembros viriles– se anuda de la misma manera que el de una escultura proveniente de Cumpich, Campeche, que se encuentra en el Museo Nacional de Antropología.
La indumentaria del personaje se restringe a una cinta que pasa entre los glúteos y al nivel de la cintura, anudándose por la espalda; además, lleva dos pulseras de bandas con dos semillas en las muñecas. Las esculturas debieron estar pintadas, aunque sólo se ha detectado el rojo en orejeras, pelo y en la liana. Como muchos monumentos de Xochicalco las esculturas localizadas fueron cubiertas con una gruesa capa de estuco hacia 900 d.C., momento en el que la ciudad tuvo un cambio en su política, lo que implicó transformaciones de tipo filosófico. Las pulseras de la escultura son idénticas a las que porta uno de los individuos más importantes de los murales de Cacaxtla, Tlaxcala, el hombre-pájaro, y ahí se ve con claridad que estaban formadas por bandas de algodón y dos semillas.
El Creador representa a una divinidad proveedora y fecunda, de ahí sus dos penes, que año con año y ciclo con ciclo daba vida a los seres humanos. Por lo mismo, portaba el símbolo del año en la cabeza y proporcionaba riqueza, representada por el cacao que decora las lianas que envuelven la escultura.
Tomado de Silvia Garza Tarazona, “Esculturas de cerámica de Xochicalco, Morelos”, Arqueología Méxicana núm. 103, pp. 18 - 23.
EL VERDADERO CURA HIDALGO:
Por Raquel de Vicente Antona.
Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte Villaseñor, más conocido como el cura Hidalgo es considerado como el padre de la independencia mexicana, es admirado por sus hazañas, pero su historia tiene mucho de leyenda, pues como todos lo personajes notables tiene tantas luces como sombras.
El primer punto a tratar sobre esta figura son las causas por las que guardaba tanto rencor a la Corona española. Si nos fijamos en los orígenes de su educación fue instruido en un principio por las jesuitas, quienes serían expulsados de todos los territorios españoles en el año 1767 con las reformas borbónicas. El segundo asuntos eran sus deudas personales con la Corona por las cargas impositivas, ya que no hablamos de una persona con problemas económicos.
Cierto es que era un hombre culto, alegre , amante del teatro y la danza, pero también era aficionado a los licores y las mujeres. Tanto es así que tuvo cinco hijos ilegítimos que se sepa.
A su vez habría que tener en cuenta que no era un gran estratega militar y que se le consideraba cruel contra su enemigo.
De cualquier manera y como suele ocurrir con los grandes próceres y personajes de los diferentes movimientos cada uno ensalza las virtudes o defectos de las figuras a su antojo olvidándonos de que fueron seres humanos imperfectos como nosotros mismos y que en muchos casos sus actos correspondían a sus propios intereses y a su trayectoria de vida. Tal vez si tratásemos a las figuras sin tener un interés predefinido, podríamos de algún modo perfilar con mayor precisión la realidad que vivieron y de quienes fueron.
Fotografías 1: Estandarte de Hidalgo. Museo de la Alhóndiga de Granaditas. Guanjuato. México. Fotografía de Giovanni Chavez.
Fotografía 2: Retrato del cura hidalgo. No consta autor. Visot en Biografía y Vidas:
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/h/hidalgo.htm
BIBLIOGRAFÍA:
- AGUIRRE, E: Hidalgo. Ed. Planeta Mexicana. México D. F., 2009.
FUENTES:
- Cultura Colectiva: http://culturacolectiva.com/luchador-incansable-padre-de-l…/
- Hidalgo: La historia Jamas Contada. https://www.youtube.com/watch?v=Iz_n7Z93GLw
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